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domingo, 13 de marzo de 2022

El apeadero de Wenceslao

De guarisnais

Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, 13 marzo 2022

 

En el patio trasero de Villa Florentina hay una escalinata de piedra que va a dar a la Fraga de Cecebre. “La Fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra”. Así comienza El bosque animado, tal vez la mejor novela de Wenceslao Fernández Flórez. Una fraga llena de árboles pacíficos, bondadosos y siempre entretenidos porque no miraban a la tierra sino al cielo, y el cielo, decía Wenceslao, cambia tanto según las horas y las nubes que jamás es igual a sí mismo. Y de ríos, y prados, y flores, y brezos, y musgos, y miles de animales. Una fraga en la que había casas pobres como la de Marica da Fame que no tiene horno porque tampoco tuvo nunca pan que cocer; o la de Geraldo, un cajón de oscura piedra pizarrosa por el que nadie daría por ella ni lo que cuesta una vaca. Pero también casas ricas como el pazo de los Dabondo, con un señor muy aficionado a pescar truchas y unas señoras encantadas de recibir a Manuel, el loco de Vos, empeñado en regalarles el oro y el moro además de todos sus bienes de América. 

 

En la fraga de Cecebre, ese mágico bosque animado, había de todo y por su orden. Un alma en pena como la de Fiz de Cotovelo que buscaba un penitente que fuera a San Andrés de Teixido porque a él se le había olvidado ir de vivo. Un ladrón de caminos como Xan de Malvís, conocido por el terrorífico nombre de Fendetestas que asaltaba a cualquier despistado por aquellas corredoiras para ganarse el botín de unos duros o unos cigarros al grito de ¡alto, me caso en Soria!. La fraga tenía su Santa Compaña, naturalmente, que hacía sonar las campanas que solo podía oír el llamado a incorporarse a su ringlera de difuntos. Y su bruja a la que llamaban Moucha, la única que sabía el oficio y era capaz de leer los remedios en el libro de San Ciprián.

 

La Fraga de Cecebre está de enhorabuena porque crecerá muchos miles de metros cuadrados gracias al relleno de la gravera que hay al pie del apeadero. Robles, castaños y avellanos se plantarán en esos terrenos cerca de las vías donde el escritor se subía al tren para ir de acá para allá. Wenceslao Fernández Flórez era gran conocedor de la vida en los trenes, casi tanto como de la vida en las fragas. Con el tiempo, también lo fue de la vida en el Congreso de los Diputados, cuando tomó el testigo de Azorín para hacer las crónicas parlamentarias recogidas en sus Acotaciones de un oyente. Nadie como él dibujó la política española previa a la guerra civil únicamente esbozando extraordinarias caricaturas de sus señorías. Eso sí, con un sentido del humor inigualable. Un humor que Wenceslao, de espíritu antibelicista y anticlerical, deseaba que sobreviviese a las atrocidades de la guerra, de todas las guerras.

domingo, 23 de junio de 2019

Un barrio con vistas

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 23 junio 2019

Durante los primeros días desde su llegada a Ferrol, en diciembre de 1906, Wenceslao Fernández Flórez se dedicó a pasear por la ciudad para conocerla. Una tarde llegó hasta un “cinturón de murallas parduzcas, remendadas con vallas, agujereadas por brechas…Cerca divisé desde un recodo unos pequeños muros blanqueados, una verja, algunas cruces negras coronadas de plantas trepadoras. Más allá, sobre la puerta grande, como un simbolismo de la que todos hemos de franquear, leí una leyenda sentida: Venid a meditar. Venid a aprender la ciencia de morir”. Wenceslao tenía 21 años y se definía como un escritor impresionable, sensible y novelero. Ni que decir tiene que la frase dieciochesca de la puerta principal del cementerio de Canido le impactó, hasta el punto de dedicarle un artículo de prensa días más tarde. Pero más, si cabe, le impactaron las vistas que había desde ese cementerio ilustrado (hoy sería, dicen los historiadores, el segundo más antiguo de España). Desde lo alto de Canido, al pie del cementerio, Fernández Flórez contemplaba una playa fangosa que descubría la baja mar, en una ría de aguas mansas que a veces parecía un lago, en un “golfo diminuto, adorable y sombrío”. 

Y es que nuestro Canido ferrolano, ese que en los legajos del siglo XII custodiados en los archivos mindonienses figura como Villa de Canito es, además de un barrio noble, un barrio con vistas. Hay otros canidos y canides en Galicia ya que así se llaman los promontorios salientes al mar dentro de una ría o bahía. Ustedes conocerán los canidos de las rías de Vigo o de Oleiros, en A Coruña. Pero ninguno es un canido alto, grande, poderoso, que domina la ría de tal forma que desde todos sus rincones tiene unas vistas envidiables. Tan alto que allí se construyeron los molinos de viento y se instaló el depósito de agua para abastecer la ciudad. Tan despejado que la sirena de la Fenya se oía en todo el barrio y más allá. Tan poderoso que los chalés indianos se construían con torres-miradores para tratar de ver, en días claros, las tierras del otro lado del océano. Y tan inexpugnable que se le hacía imposible subir sus cuestas al carro de las gaseosas Los 15 Hermanos tirado por un caballo flacucho o, años después, al bus número 4 que, llegaba tan renqueante, que el chófer apagaba su motor para que tomara aliento antes de bajar a una nueva ruta. 

Porque desde Canido se tenía que bajar, naturalmente. Los mayores decían aquello de que bajaban a Ferrol, a hacer alguna compra. Y se bajaba al Rena, el cine de cabecera. O se bajaba a Copacabana, al Baluarte y al Muelle. Y se bajaba a la biblioteca del Ayuntamiento, o al cine Avenida, los domingos. Era lo que tenía vivir en un barrio alto, con vistas.

domingo, 7 de mayo de 2017

Sin novedad, don Wenceslao

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 7 de mayo de 2017

En 1926, quince años después de haberse despedido de su trabajo como periodista en Ferrol -donde vivió cinco años-, Wenceslao Fernández Flórez continuaba tratando de encontrar la principal característica ferrolana, su quintaesencia. Escribió un artículo titulado “Las manos” en el que definía a la ciudad departamental como la mano armada de Galicia y consideraba la exaltación como la principal característica ferrolana. Decía que la exaltación podía comprobarse a través de las “efusiones emocionales, sus devociones intensas y sus odios unánimes” y todas estas cosas hacían que los ferrolanos estuviesen inmersos en multitud de batallas, de medio Ferrol contra medio Ferrol y también de Ferrol entero contra el mundo.

Don Wenceslao se apoyaba en varios ejemplos para demostrar su teoría. Las batallas que mantenían entre sí los dos grandes hoteles, los dos principales partidos políticos y los dos barcos que hacían la carrera a La Coruña, El Marqués de Amboage y el Mosquito, abocados a una heroica e implacable batalla naval, en palabras del gran escritor coruñés. Aunque, a mi entender, donde se reflejaba mejor esta rivalidad irracional era en los dos principales cafés. Tomar café en Ferrol, escribió Fernández Flórez, era como alistarse bajo una bandera: o la de El Suizo, café pequeño, pulcro, con cierto toque de distinción, o la de El Siglo, amplio y alborotador, lleno de billares y mesas para jugar al dominó. “Si después de sorber dos días el café de El Siglo ibais a El Suizo, os miraban en aquél como a un traidor. Si abandonabais el vermú de El Suizo por el cóctel de El Siglo, os consideraban en el primero como un apóstata…”. En fin, que así era aquel Ferrol, excitable y épico, un lugar en el que las pasiones podían llegar hasta lo inconcebible, hasta lo extravagante.

No sabría decir si el diagnóstico de don Wenceslao es aplicable en su totalidad a día de hoy, transcurridos noventa años. Sí lo firmo en lo esencial y especialmente en lo que se refiere a las disputas políticas. Con una salvedad: hoy no rivalizan dos partidos políticos, sino que la batalla es de todos contra todos. Desde el teatro de operaciones de la plaza de Armas se reparte en todas direcciones el más amplio surtido de insultos e improperios. Unos hablan de infamia, otros de parálisis y otros de espectáculo vergonzoso. Unos califican a otros de mafiosos, otros no ven más que delincuentes. Unos juzgan a sus oponentes de cobardes, los otros les llaman inútiles. Y todos, sin excepción, apelan al diálogo, a la educación, a que Ferrol necesita un revulsivo y que los ferrolanos no merecen ese espectáculo lamentable… para acto seguido volver a insultar al adversario político.

domingo, 26 de marzo de 2017

¡Al tren!

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el  26 de marzo de 2017

Wenceslao Fernández Flórez, en un cuento delicioso titulado Los viajes, escribió aquello de que el tren le parecía una “invención atrasada y estúpida” a pesar de lo cual le reconocía algunas importantes ventajas. Una de ellas, innegable a su parecer, era la lentitud con que suelen circular lo que representa un gran ahorro para los viajeros. “Si el viajero no pasase esas horas de más en el tren las tendría que pasar en alguna parte: iría al café, se metería en una fonda…y todo eso cuesta dinero. Pero dentro del vagón el viajero no puede gastar un solo perro chico”. ¡Extraordinario! Pues eso deben pensar los responsables actuales de que los traslados en tren desde Ferrol a La Coruña, o por el norte hacia el Ortegal y la Mariña lucense, ocupen tanto tiempo. Así los ferrolanos no gastarán un euro de más y pasarán el día mirando el paisaje.

Las cosas han cambiado desde que el escritor y periodista coruñés hacía sus viajes a principios del siglo veinte. Bueno, han cambiado en todo menos en el tren que, aunque ya no se alimenta de carbón, sigue manteniendo la sana costumbre de entretener demasiado a sus pasajeros. La situación de atraso de los trenes ferrolanos no resiste ya los comentarios humorísticos de don Wenceslao.

En la mayor parte de Galicia se cuenta con infraestructuras de alta velocidad. Nuevos trenes en nuevas vías electrificadas permiten hacer viajes de forma rápida, ecológica y económica, de forma competitiva con el automóvil. Pero Ferrol seguirá siendo un punto negro y dispondrá de estos servicios dentro de algunos años, porque se empiezan a demandar, de manera seria, ahora. Hace una década se debería haber tenido la reunión que se tuvo esta semana pasada y firmar el acuerdo institucional, tal y como ahora se hizo. Los alcaldes de la zona junto a senadores, diputados y representantes de la Diputación, se han sumado a la Xunta de Galicia y a su Parlamento para tratar de poner fin a este atraso. Es el punto de partida para hacer estudios, análisis y algún que otro proyecto. Después todavía será preciso materializar el acuerdo político y destinar los presupuestos necesarios, licitar y ejecutar las obras, etc…El resultado será el de unos cuantos años de retraso, algo similar a lo que sucedió con la autopista.

La foto en el Concello fue excelente, aunque particularmente echase en falta algunos actores, como representantes de la Universidad, de los Ingenieros de Caminos, de los empresarios y agentes sociales y expertos en geografía humana. Los asistentes se sentaron encuadrando fotogénicamente la rosa de los vientos municipal, referencia imprescindible para no perder el norte. A ver si -por una vez- tampoco pierden el tren.

domingo, 24 de julio de 2016

Trenes tranquilos

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 24 de julio de 2016

Nuestros trenes, los trenes de Ferrolterra, no funcionan nada bien con altas temperaturas. Esto ya lo sabíamos. Tampoco funcionan muy bien a altas velocidades, lo que ya es una obviedad. Y por lo visto no son capaces de alcanzar su velocidad de crucero con alto número de pasajeros. ¡Qué lata! Por eso, si a nuestros trenes, los trenes de Ferrolterra de toda la vida, se les somete a estas distintas presiones, se quejan y empiezan a arder. Y se paran. Esta semana, sin ir más lejos, el tren que venía de vuelta con los asistentes al Festival de Ortigueira, se ve que con muchos pasajeros, comenzó a arder y tuvo que ser desalojado. Y el mismo día, el 18, el tren que hacía el trayecto a La Coruña se sintió indispuesto a la altura de Pontedeume y comenzó a arder en Perbes, donde hicieron transbordo los pasajeros y continuaron en autobús. Era un día en plena canícula y se ve que las locomotoras no estaban bien refrigeradas.

Wenceslao Fernández Flórez detestaba el tren. Eran los trenes de otra época, de hace un siglo, justo del momento en que se instalaban las vías de esta comarca. Vías que ahí están, impertérritas. Don Wenceslao, que saben ustedes vivió en Ferrol donde ejerció de periodista, escribió que el tren era  “una invención atrasada y estúpida. El hecho de que vaya siempre por el mismo camino es ya una prueba de la mezquindad de sus recursos de locomoción”. En eso no le faltaba razón. Únicamente hacía una excepción, y era la de los trenes de Galicia. Ahora, es justo decirlo, la excepción se circunscribe a los trenes de Ferrolterra, trenes amables, tranquilos, preparados para el turismo de relax. En estos trenes, decía Fernández Flórez, “puede uno apearse en marcha en cualquier momento” y se detienen a “recoger a cualquier pasajero en mitad del camino si se le suplica al maquinista”. Trenes que están aquí desde siempre, que se mimetizan tan bien con el paisaje que prácticamente ni se les ve pasar; trenes que se actualizaron con todas las comodidades y ahora permiten hacer magníficas fotografías sin que salgan movidas, o entablar entretenidas y profundas tertulias en la hora y media larga del trayecto Ferrol-Coruña, o leer un relato veraniego de principio a fin y no tener que dejarlo en la mitad por falta de tiempo.

Ahora bien, todo no se puede tener. O tenemos trenes sosegados, con buenas vistas, adaptados al turismo slow –lento, pero en inglés queda mejor-, o tenemos trenes rápidos, para acudir al trabajo, para hacer visitas exprés, o unas gestiones en el día y volver en un pis-pas. Estos son otro tipo de trenes, trenes para los negocios y trenes para transportar mercancías. Y estos no son los de aquí de toda la vida, ni los que dejaban a don Wenceslao en el apeadero de Cecebre.