lunes, 21 de mayo de 2018

Las cuentas de la legislatura

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 21 de mayo de 2018

En el salón del castillo de los pirulitos se respira felicidad. Los 25 concejales departamentales deben estar como en una nube virtual, en una ciudad futurista, en el paraíso 4.0. Por fin, se alegran, hemos sido capaces de aprobar los presupuestos municipales. Ya estamos en una ciudad de primera, con sus cuentas aprobadas y una ilusión enorme por hacer en unos meses todos los trabajos de una legislatura. Es verdad que en cualquier municipio la primera y más importante obligación de su corporación es aprobar los presupuestos cada año, pero Ferrol es diferente, ya se sabe. Aquí las disputas partidistas, los enfrentamientos personales y las trifulcas ideológicas consumen buena parte de las energías de los miembros de la corporación. No queda espacio para el acuerdo, obviamente, y cuando se produce…¡la alegría es infinita!, los políticos sonríen y se saludan y hasta parece que el palacio municipal levita, si me permiten el trasunto de Torrente Ballester con su Castroforte del Baralla en La saga/fuga de JB.

El día anterior al pleno de los presupuestos el alcalde Jorge Suárez había asistido a la tertulia que habitualmente organiza el Club de Prensa en el Parador de Turismo. Suárez es ya un tertuliano habitual; es la tercera vez que se presenta sin guión y a pecho descubierto en ese foro. A veces le cuesta reconocerse en su papel de alcalde, de identificarse como un activista reconvertido temporalmente en político o como un tertuliano de tropa y marinería, tal que el resto de concurrentes. El caso es que, en uno de esos papeles -no recuerdo cual, ustedes me disculparán-, Jorge Suárez dictó la sentencia del año y de toda la legislatura: “Ferrol necesita un salto de calidad en su clase política”. Y la redondeó con explicaciones como que en estos años hubo más defensa de marcas (siglas partidistas) que defensa de la ciudad, que se preocuparon más por los ideales que representa cada partido que por solucionar los problemas ciudadanos, y algunas más por el estilo.

El salto cualitativo se produjo al día siguiente. Un salto pequeñito que hizo que un gesto ordinario, normal, como es el de dialogar y llegar a acuerdos para poder contar con las cuentas municipales, se viviese como algo extraordinario. Pero una mejora, al fin y al cabo, conseguida también gracias al voto de calidad (¡y dale con la calidad!) del propio alcalde. Ferrol presenta ahora unas cuentas de 69 millones de euros, con una partida de inversiones de 6,9 millones para una población de 69 mil vecinos. Menuda puntería tuvieron en la plaza de Armas para afinar así las cuentas y cuadrarlas con el padrón de habitantes. Una precisión exquisita, de matemática financiera de alta calidad.  


miércoles, 16 de mayo de 2018

Operarios ciberfísicos

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 16 de mayo de 2018

Llegó a la ciudad ilustrada la cuarta revolución industrial. Vino por mar, de la mano del programa de construcción de las cinco fragatas F110. La revolución de la Industria 4.0 no podría arribar a Ferrol de otra forma distinta de la cultura naval, la construcción de buques y el adiestramiento de las dotaciones que los gobiernan. Así, en los astilleros, arsenales y escuelas de la Armada, se fraguaron las tres revoluciones industriales anteriores, como es bien sabido. Cuando ya en los reales astilleros de Esteiro se dominaba la construcción de fragatas como en ningún otro lugar de Europa, dio comienzo la implantación de la máquina de vapor. La revolución del vapor lo cambió todo, desde el achique de los diques hasta la propulsión de los barcos. Después le siguieron las revoluciones vinculadas a la electricidad, los motores de combustión y la electrónica. 

Ahora el astillero ferrolano se va a convertir en un astillero 4.0 gracias a las aplicaciones informáticas, de inteligencia artificial, los algoritmos, el internet de las cosas y la realidad virtual. Dentro de la factoría veremos volando decenas de drones y muchos vehículos sin conductor. Funcionarán impresoras que harán piezas en tres dimensiones y los robots se conectarán entre ellos gracias al internet de las cosas. El astillero se transformará en un astillero ciberfísico que necesitará nuevos operarios ciberfísicos, profesionales digitales que releven a los analógicos, especialistas de la realidad virtual que sucedan a los tradicionales caldereros, tuberos, soldadores o ajustadores-montadores, auténticos maestros de la realidad material y física. ¡Menudo cambio! ¡Vaya revolución!

Oiga, ¿y Ferrol tiene inscritos en su padrón muchos ferrolanos 4.0? ¿Existe ya una generación preparada de ferrolanos ciberfísicos que puedan pilotar la inminente revolución? ¿Será necesario que el alcalde-presidente edite un bando municipal, con toda su parafernalia, y ponga la ciudad patas arriba para que se dedique a formar a los jóvenes en robótica, informática, diseño y realidad virtual, en lugar de enseñarles a navegar a vela, tocar la guitarra o pescar chocos?

Estoy convencido de que no será preciso declarar zafarrancho de combate. Bastará con que en el campus industrial y los centros de FP continúen trabajando en la dirección en que lo están haciendo. Y que complementen la formación con múltiples visitas al Arsenal dieciochesco, y a sus museos Naval y de la Construcción Naval. En ellos verán como, desde la nada, se construyó en 1752 la Galga, la primera fragata de la Marina Española, y después muchas otras a lo largo de varios siglos y todas las revoluciones industriales. Jorge Juan, en los jardines de Herrera, parece estar muy tranquilo.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Una forma de felicidad

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 2 de mayo de 2018

Las estadísticas, tan tozudas ellas, sitúan a Galicia -también con relación al mundo del libro- en una nueva paradoja. Nos dicen que los gallegos somos los penúltimos de España en el gasto en compra de libros. Los últimos son los andaluces y los primeros los madrileños y catalanes. Sin embargo Galicia presentaba en el 2016 el mayor número de librerías por habitante de todo el país. Exactamente había 14,8 librerías por cada cien mil habitantes, cuando la media española era de 8,5. De nuevo el último lugar era para Andalucía con 5,7. El mapa describía más librerías en el norte, centro y Canarias, y menos en el sur, levante y Baleares. En resumen, los gallegos somos los que tenemos más librerías y de los que menos libros compramos. Visto lo cual, de la rentabilidad media de cada establecimiento librero mejor ni hablamos.

Hablemos de la feria del libro recién celebrada y del Día del Libro, institución que el mundo le debe al ingenio español. Exactamente al escritor valenciano Vicente Clavel, quien propuso su celebración en 1923. Pocos años después, en 1926, Alfonso XIII firmó el real decreto para que todos los años, el 7 de octubre (probable día del nacimiento de Cervantes) se celebrara la Fiesta del Libro. Ya en 1930 la celebración se traslada al 23 de abril, por razones meteorológicas y por la certeza de la fecha coincidente del fallecimiento de Cervantes, Shakespeare y Garcilaso de la Vega. Y fue en 1995 cuando el gobierno español presentó ante la UNESCO la iniciativa de la Unión Internacional de Editores para que la celebración tuviera carácter universal. Así es desde entonces y, además, se le añadió el nombramiento anual de una ciudad como capital mundial del libro, honor que este año le corresponde a Atenas.

La feria del libro local tuvo lugar hace unos días en la plaza de la Constitución. Fue una feria, por así decirlo, muy recogida, muy cuquiña y acogedora. Una fila de casetas estaba bajo la protección del edificio dieciochesco que, en algún momento, acogió un instituto de enseñanza; antes había sido cárcel y después gobierno militar. Las otras casetas estaban amparadas por la alameda más antigua y menos valorada de Galicia. A un lado el palco de la música, aunque la música de los Beatles no salía de allí. Detrás el rótulo del camino inglés a Compostela, por el que a aquellas horas de la mañana del sábado no pasó ningún peregrino. Había muy poco público ojeando o comprando libros. Tomando un café recordé al maestro Borges: “Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras y creo que una forma de felicidad es la lectura”. Me acerqué a comprar algunos y ahora estoy -un poco más feliz- con la lectura de los cuentos perdidos de Scott Fitzgerald. ¡Larga vida al libro!

martes, 24 de abril de 2018

Paisaje, arte y ciencia

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 24 de abril de 2018

La candidatura titulada El Paseo del Prado y El Retiro acaba de conseguir el apoyo del Consejo Nacional de Patrimonio para entrar en la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco, en su apartado de Paisaje Cultural. La Villa de Madrid está de enhorabuena. En un par de años tendrá este reconocimiento y su estatus como una de las ciudades más importantes del mundo, desde el punto de vista cultural, saldrá reforzado. 

La unión de cultura y naturaleza forma uno de los pilares de la candidatura. El 75% de las 190 hectáreas que abarca son zonas verdes y contienen tres espacios singulares: El Paseo del Prado, primer paseo arbolado europeo; el Real Jardín Botánico y su cuidado archivo con las expediciones botánicas a ultramar; y el parque de El Retiro, muestra de la cultura del ocio y esparcimiento para disfrute de la ciudadanía. En su entorno están situados nada menos que el Museo del Prado, el Museo Naval (cada vez más visitado y valorado), el Museo Nacional de Artes Decorativas, el Museo Nacional de Antropología y el Museo de Arte Reina Sofía.

Otros centros culturales y científicos están incluidos: el Real Observatorio Astronómico, la Real Academia Española de la Lengua y la Casa de América. Y un buen número de instituciones de diverso tipo, con arquitecturas y finalidades diferentes, conviven en el mismo espacio: el Palacio de Cibeles, el Banco de España, la Bolsa, el Congreso de los Diputados, la Iglesia de los Jerónimos, los hoteles Palace y Ritz, entre otros. Todos unidos por calles tan emblemáticas como la Cuesta de Moyano y plazas que albergan las fuentes de Cibeles, Apolo y Neptuno. 

Probablemente en ningún otro lugar de Europa se pueda respirar el espíritu de la Ilustración como en este sitio recogido bajo el nombre de El Paseo del Prado y El Retiro. Las reformas realizadas en la mitad del siglo dieciocho, especialmente, dejaron su impronta gracias a la creación de todas estas construcciones que acogieron las academias, observatorios, museos, archivos y bibliotecas, algunas de las cuales se conservan intactas. 

Fue, ciertamente, el mismo espíritu ilustrado que vio con claridad la necesidad de poseer una Armada fuerte y bien instruida, potenciando para ello los astilleros y arsenales en los departamentos de La Habana, Cádiz, Cartagena y Ferrol. ¡Ah, Ferrol y su Puerto de la Ilustración! Ferrol y su candidatura a Patrimonio Mundial que, a diferencia de la de Madrid, sigue dando tumbos sin un horizonte claro. Ferrol y su Puerto de la Ilustración que no fue ni siquiera mencionado por el director general de Patrimonio de la Xunta de Galicia, presente en el Consejo Nacional. Ferrol que, visto lo visto, tendrá que esperar muchos años a que “su Ilustración” se reconozca. 

miércoles, 18 de abril de 2018

Debate estéril

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 18 de abril de 2018

A Julio Camba le desagradaba que un político fuese al Congreso a leer un discurso. Decía que al Congreso no se va a leer, sino a hablar. Eso implicaba disponer de facilidad para la oratoria, cierta rapidez de pensamiento y capacidad para escuchar a otros interlocutores. El régimen parlamentario es un régimen de palabras en el que destacan los oradores claros, reposados y serenos, capaces de entablar conversaciones llenas de anécdotas y de ironías, sin indignarse jamás, sin descomponerse nunca, sin abandonar la sonrisa ni perder la intención, escribió Camba en Diario de un escéptico.
Claro que para poder hablar en el Congreso –o en el pleno municipal ferrolano- hay que saber hablar, hay que hablar bien. Álvaro Cunqueiro, por su parte, hizo un pequeño estudio de lo visto y escuchado en la televisión de su época de los dirigentes políticos, a los que llamaba “gentes del cotarro” que incluía a los gobernantes o que aspiraban a gobernarnos y se quedó sorprendido “para decirlo en corto y por derecho de lo mal que hablan” (sic).

El presidente Mariano Rajoy se acaba de referir, hace pocos días, al guirigay montado en el caso Cifuentes como el de un debate estéril. En realidad M. Rajoy considera que cualquier debate y todos los debates son estériles. No es partidario de hablar y debatir. Se encuentra más a gusto pensando, en silencio, por la ruta da pedra e da auga de Ribadumia (lugar precioso), un sitio en el que se piensa muy bien, según declaró, al mismo tiempo que pasea rápido, anda deprisa, marcha apurado o sea lo que sea lo que hace cuando viene a Galicia.

El extremo opuesto, el del debate excesivo, repetitivo, abrumador y también estéril lo padecemos más cerca, en los plenos municipales mensuales. Los concejales departamentales se dotaron de un reglamento en el que cada intervención no tiene límite de tiempo, con lo que creían fomentar la libertad de expresión como principio democrático. Los plenos no parecen tener final: empiezan por la tarde y terminan de madrugada, en el mejor de los casos. En otras ocasiones tiene que suspenderse antes de que los concejales huyan o se queden dormidos, dos cosas igualmente desagradables a juicio del maestro Camba. 

Todo esto debido a la escasa capacidad para exponer las propuestas de manera clara y concisa; la gran afición a leer los discursos ya preparados; la nula disposición a escuchar con atención los argumentos de los adversarios políticos y, en definitiva, la gran dificultad que muestran las gentes políticas para encontrar las palabras justas y expresarlas con seguridad y eficacia. Además de cierta dosis de educación, por aquello de que ninguna verdad merece ser dicha a gritos y entre insultos.

domingo, 8 de abril de 2018

Aceite de hígado de bacalao

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 8 de abril de 2018

La fotografía circula libremente en internet, compartida en las redes sociales. Está fechada en 1960. Hay una fila de niños de unos diez años de edad. Ninguna niña. Todos visten igual y tienen el mismo corte de pelo. Tal vez se trate de niños internos en algún orfanato, hospicio, casa-cuna o institución similar. Frente a los niños está sentada una maestra, enfermera o dama de auxilio social vestida con una limpísima bata blanca. Tiene en su mano izquierda una botella grande de vidrio y en la derecha una cuchara, con la que le da a cada niño su cucharada de aceite de hígado de bacalao. Me pareció un documento relevante y lo compartí en uno de los grupos locales de Facebook…y el aceite de hígado de bacalao hizo, una vez más, el milagro de reconfortar y fortalecer el carácter de los ferrolanos. Por una vez -y gracias al brebaje- se volcaron decenas de opiniones, recuerdos y comentarios en un tono distendido, alegre, un tanto nostálgico pero con un claro trasfondo positivo. Se mezclaron vivencias personales, de familiares, amigos y compañeros de escuela.

“Es que en Ferrol teníamos la PYSBE (Pesquerías y Secaderos de Bacalao de España, S.A.) y ya se sabe que cuando los barcos volvían de sus campañas en junio y diciembre, caía una lluvia de aceite de hígado de bacalao que nos enganchaba a todos”, se dice en uno de los comentarios. Aunque había botellas de aceite de otras marcas, incluso americanas, o que se vendían en farmacias como la famosa Gadional. Todas sabían fatal, como a pescado podrido, fue una opinión unánime. Algunas madres –que no tomaban el dichoso potingue- daban a sus hijos una cucharada de azúcar o incluso una naranja, para aliviarles el repulsivo sabor. En los colegios no se acompañaba con nada; a palo seco, que es como “mejor se aprovechan sus vitaminas y os pone como robles” decía un director.

El aceite de hígado de bacalao sirvió para traer a nuestros días otros remedios que se utilizaban en aquellos tristes años de posguerra. Años de escasez, de mala alimentación, de raquitismo y enfermedades devastadoras que trataron de curarse con lo que se tenía a mano. De vez en cuando, ponches de leche con yema de huevo. O Calcio 20, para fortalecer los huesos. Y una copa de quinito o quina San Clemente, en muchos casos, después de inhalar los vahos de hojas de eucalipto para combatir los catarros y demás enfermedades respiratorias.

Un ferrolano fiel a la causa comenzó a tomar el aceite de hígado de bacalao en los años cincuenta y continúa tomándolo en la actualidad. Eso sí, en cápsulas de gelatina y con sabor a menta o a limón, que ahora no hay porque pasar aquellos malos tragos. Los tiempos cambian que es una barbaridad… 

domingo, 1 de abril de 2018

La casa-teatro de Settaro

De guarisnais
Publicado en La Voz de Galicia, edición Ferrol, el 1 de abril de 2018

El pasado martes 27 de marzo fue el Día Mundial del Teatro. Lo celebré leyendo de nuevo un breve ensayo de Pizzicato titulado El Teatro en Ferrol, una efeméride, publicado en el Almanaque de 1907 dirigido por Leandro de Saralegui y Medina. Pizzicato se lamentaba de que, hasta esa fecha, nadie se había ocupado de escribir una historia del teatro en nuestra antigua villa, aun siendo reconocida la afición a los espectáculos escénicos con una intensidad verdaderamente insólita. Afirma el cronista Pizzicato que Nicolás Settaro, maestro de óperas, natural de la ciudad de Somma en el antiguo reino de Nápoles, construyó en 1769 una casa-teatro entre las de la viuda de D. Agustín Salomón y Rosa Quijano, vecina de La Graña, es decir, “en el mismo solar que hoy ocupa el Café del Comercio, Magdalena 41 e Iglesia 47”. Era un teatro importante para la época, mayor que los que el propio Settaro había construido en La Coruña y Santiago. Contaba con cuatro puertas, dos a cada calle, una gran cazuela central, 29 palcos, 11 lunetas, una araña grande de cristal, distintos bancos y mesas, escaleras para subir al tablado y todo tipo de aperos para el mejor servicio de las representaciones de comedia, musicales y festejos de casino. Era un “espléndido edificio donde nuestros abuelos se solazaron olvidando, al conjuro de la emoción artística, las impresiones de la vida real…”  Ferrol merecía tener un teatro así, tal y como lo demuestra su calendario de éxitos en los últimos años del siglo dieciocho, en buena medida debido al gran crecimiento de su población y a la presencia permanente de un gran contingente de personal de tropas y marinería. La asistencia de todas estas gentes a las representaciones de comedias hizo que los mejores empresarios solicitasen al Ayuntamiento licencias para estrenar sus comedias. Al mismo tiempo por parte del Alcalde Mayor de la Villa de Ferrol y de La Graña, se solicitó al Capitán General de Marina y al Gobernador Militar de la Plaza, que tomasen medidas para que el personal bajo su jurisdicción “observasen buen método y orden, sin mezclarse los hombres con las mujeres en la Cazuela, ni fumar, silbar, palmetear, hacer algazara, ademanes impropios y otros excesos que interrumpan y causen escándalo, etc…”. El teatro llenó todas sus funciones de forma continuada hasta 1800, fecha del ataque de las tropas inglesas -derrotadas en la batalla de Brión-. La crisis de la Armada, la posterior guerra contra los franceses y los problemas económicos y de suministros de la población, desembocaron en el incendio, tal vez intencionado, del coliseo de Settaro en 1807. Diez años más tarde, en 1817, D. Vicente Lembeye levantó el Teatro Principal, pero esa es otra historia.